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Una aportación a la historiografía del libro y de las bibliotecas en el México colonial, no solamente debe recuperar qué tipo de libros se produjeron en este territorio, quiénes los manufacturaron y cómo llegaron los libros producidos en Europa o qué tipo de personas los poseyeron. La recuperación de ese pasado, también debe considerar a aquellos elementos históricos que testimonian una forma particular de posesión o de lectura, para conservar y transmitir la riqueza del legado bibliográfico de forma completa.
Este es el caso de las numerosas marcas de fuego que se encuentran en los cantos de esos libros que conformaron las bibliotecas novohispanas, y que hoy se custodian en numerosas instituciones culturales como archivos, bibliotecas o museos. Este tipo de marca, por su singularidad y belleza, se impone en la mirada que cualquier visitante moderno dirige a una colección bibliográfica donde se resguarden libros procedentes de las órdenes religiosas de la Nueva España. En efecto, parece ser un signo de uso delimitado al territorio novohispano, aunque algunos estudiosos de estas marcas consideran que fue gestado en España en el siglo XVI y de ahí transmitido a sus colonias. Lo cierto es que los escasos trabajos dedicados a estas marcas de fuego solamente identifican aquellas relacionadas con establecimientos novohispanos.
Lo interesante de estas marcas no radica solamente en el empleo del hierro candente para marcar un objeto tan particular como el libro, de manera semejante a como se marcaba la propiedad de los animales, sino también en la variedad de las mismas, que nos indican el uso de más de un signo en una sola orden religiosa permitiendo en nuestro presente la posibilidad de reconstruir en alguna medida los conjuntos de libros que probablemente formaron parte de la librería de un convento o un colegio novohispanos. Pese a esta consideración, lo cierto es que a la fecha en nuestro país no se ha intentado compilar un catálogo general de todas las marcas conservadas, ni se ha intentado determinar cuántos libros identificados con un solo signo se conservan en diferentes instituciones.
En los cuatro trabajos publicados a la fecha en México, entre 1925 y el año 2000, se distinguen y relacionan las marcas de fuego según la orden religiosa a la que se le atribuyen. Pero en éstos no se hace una relación, aunque sea breve, de cuáles son los libros conservados con esa misma marca. En esos mismos estudios y algunas otras consideraciones se ha establecido que estas marcas son de propiedad y como decíamos, empleadas desde el siglo XVI. Sin embargo,> estas afirmaciones no han mostrado ningún documento fechado en esa época que nos informe de la razón por la cual los religiosos de ese tiempo decidieron marcar sus libros de esta manera tan particular.
La información histórica así presentada, deja margen a una duda razonable sobre si la marca de fuego fue exclusivamente de propiedad o pudiese haber tenido otro empleo más como una indicación de cierto tipo de lectura. Podemos sugerir esta posibilidad porque no todos los libros procedentes de las bibliotecas novohispanas presentan este tipo de marcas. Para que pudiese concretarse una u otra posibilidad es necesario cubrir cuando menos tres puntos en la investigación histórica. El primero y quizás el más complicado debe partir por recopilar la documentación original, que pudiera testimoniar el momento histórico del empleo de la marca y la razón que lo justifica. De esta manera quizá pudiéramos conocer cuál fue la primera orden religiosa en establecer esta forma de marcaje para sus libros y cómo otras órdenes siguieron el mismo procedimiento y forma.
El segundo paso sería registrar todos y cada uno de los libros que se conservan marcados con un solo signo. En este aspecto es necesario documentar qué elementos históricos del libro marcado nos permiten atribuir a una orden religiosa concreta un cierto tipo de marca. El último y tercer punto, sería contrastar esta información recuperada con los inventarios de bibliotecas novohispanas conservados para determinar con certeza si la marca de fuego efectivamente representa la propiedad de una comunidad.
El tercer paso descrito, necesario para la recuperación histórica de las bibliotecas novohispanas, es el que ha considerado la Biblioteca José María Lafragua de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla para la elaboración de su catálogo de marcas de fuego que aún se encuentra realizando y del cual forman parte estas fotografías que ahora presentamos. Es necesario precisar que los catálogos elaborados anteriormente habían presentado a las marcas mediante dibujos y no mediante fotografías. Estas mismas forman parte de la decisión metodológica empleada para el estudio y registro de las marcas conservadas en la biblioteca Lafragua. Esta decisión implica identificar una marca específica que se encuentre legible y en buen estado de conservación, para relacionarla con dos elementos más en los libros: la anotación manuscrita de propiedad y la portada o primer documento preliminar de la estructura de un libro antiguo.
De esta manera la interrelación de los tres elementos: marca, anotación manuscrita y portada fue considerado como un procedimiento adecuado para la correcta identificación de la marca de fuego. La anotación manuscrita de propiedad indica la posesión de cierto libro por una orden religiosa que en ocasiones testimonia la fecha de ingreso a la librería novohispana. Por su parte la portada o documento preliminar que pueda aportarnos información fiable y precisa sobre la obra que fue marcada. Es justamente el estudio y relación de estas anotaciones manuscritas con las marcas ya identificadas previamente en los catálogos citados, las que han permitido a la biblioteca Lafragua determinar equívocos importantes en las identificaciones anteriores de marcas de fuego.
En los trabajos anteriores las marcas habían sido agrupadas según las órdenes que fundaron algunas instituciones de la Nueva España: agustinos, carmelitas, dominicos, jesuitas, oratorianos, franciscanos entre otros. Esta agrupación permite observar los tipos de marcas empleados y los signos más representativos (anagrama, monograma, emblemas, etcétera), así como la diversidad de marcas empleadas por una misma orden. Sin embargo, no todos los libros marcados poseen una anotación manuscrita de propiedad, ni todos los libros anotados fueron marcados.
Por estas razones la biblioteca Lafragua decidió establecer como “libro modelo” aquél ejemplar que poseyera los tres elementos mencionados: la marca legible, una anotación manuscrita y un elemento de identificación de la obra (de preferencia su portada). A este libro se le tomaron fotografías digitales que conforman el referente de una base de datos en donde se están registrando todos los libros marcados de forma idéntica a la marca del libro “modelo”, independientemente de si cuentan o no con anotación manuscrita o elemento de identificación como sellos, ex libris, etcétera.
La intención de este proyecto poblano no es meramente contribuir al conocimiento histórico sobre las bibliotecas novohispanas, sino también socializar una riqueza patrimonial que la sociedad mexicana conoce poco. De ahí que las fotografías y los registros de dichas marcas, que se integran a este proyecto institucional, pretendan mostrar una parte rica y diversa de ese legado bibliográfico que hemos heredado con el ánimo de favorecer su transmisión para que nunca queden en el polvo del olvido.